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" ESTO QUE FLUYE YA EN UNA PALABRA DESATINADA, DESARRIMADA, QUE BUSCA POR SÍ MISMA, QUE TAMBIÉN SE PONE EN MARCHA DESDE SARGAZOS DE TIEMPO Y SEMÁNTICAS ALEATORIAS, LA MIGRACIÓN DE UN VERBO: DISCURSO, DECURSO..." (Julio Cortázar)
He visto quebrarse el alba
y aunar sus fragmentos
En el centro de una voz
He desgarrado yo misma
sus ataduras y pliegues
He ofertado mi propia luz
en la cúspide nocturna
Para ver llenarse el mundo
de coloraciones esplendentes
Para ver si acaso
a pesar de la noche
algo podía hacer yo
De modo que esa voz,
esa emisión rotunda
Se originase y expandiese.
Lo que he podido ha resultado este silencio.
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De infante mi deseo era ser paleontóloga. Nada imprimía en mí tanta pasión como la sola idea de imaginarme bajo el sol, irrumpiendo con delicadeza en el letargo de la tierra. Con las manos instrumentar la búsqueda, con las manos descubrir. Mi principal afición eran los dinosaurios. Me gustaban esos bichos. Grandes. Imponentes. Casi primigenios lideres, ocupantes de la naturaleza en su estado más rústico. Menos sobado por el hombre si querés. Por esos años, mamá me compraba una revista de animales prehistóricos que se editaba mensualmente y traía consigo, en cada edición, algún resto fósil. Lo mas alucinante fue un diminuto trozo de diente de pájaro de umpalandia, que se yo, una mentira. Recuerdo que lo mordí, sospecha mediante y efectivamente se rompió. Yeso era. Anda a saber. Yo no quería eso, yo quería irme lejos a trabajar la tierra, la historia evolutiva. Quería la transpiración, el descontento del fracaso, la emoción del hallazgo. Y ante todo, sin duda, el asombro.
Apenas sí conservo actualmente como anécdota el deseo de abocarme a una carrera como aquella. Pero pensaba, hace momentos nomás, en lo curioso de mi búsqueda infantil. Porque no soy paleontóloga ni poseo en vista la posibilidad de serlo y aun así lo único imprescindible continúa siendo el fascinarse;
Ante todo, sin duda, el asombro.
Apenas sí conservo actualmente como anécdota el deseo de abocarme a una carrera como aquella. Pero pensaba, hace momentos nomás, en lo curioso de mi búsqueda infantil. Porque no soy paleontóloga ni poseo en vista la posibilidad de serlo y aun así lo único imprescindible continúa siendo el fascinarse;
Ante todo, sin duda, el asombro.
Pertenezco a la delgada cobertura gélida que reviste a los suelos en el comienzo de la mañana. A quienes aguardan en protección de la supervivencia con sus imponentes estructuras uniéndose en lo alto como una enorme cúpula frondosa y verde. Al rumor del río yéndose junto a las sombras diurnas. A la arena que mis pies descalzos tocan, mientras el espumoso vaivén de las olas me otorga el deleite del sosiego. A las flores que adornan la consumación del estío. A la insondable mudez de la tarde. A la noche cubierta de polvo. Al profuso silencio en que se abisma la luna.
Pero mucho más pertenezco al destello que se hace en tus ojos con la serenidad de una siesta junto al fuego. A tu voz sobrevolando mi alma. A cada intersticio tibio de tu cuerpo del que bebo y me alimento. A tus manos fuertes y livianas. A tu boca de silencio húmedo; rocío fresco y puro que tu lengua vierte en el campo de mi espíritu.
Pero mucho más pertenezco al destello que se hace en tus ojos con la serenidad de una siesta junto al fuego. A tu voz sobrevolando mi alma. A cada intersticio tibio de tu cuerpo del que bebo y me alimento. A tus manos fuertes y livianas. A tu boca de silencio húmedo; rocío fresco y puro que tu lengua vierte en el campo de mi espíritu.
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